Perder el control es cosa de todos los días

“¡MARCOS, TENÉS QUE VENIR A CASA YA!” fue lo único que me dijo, y cortó. Había atendido sin siquiera mirar la pantalla. Pasaron unos instantes hasta que mi cabeza pudo juntar el timbre de voz y la forma de hablar, con la persona al otro lado del tubo: “¿Shinji? No... sí, sí, era él.”, pensé y no me equivoqué. Pero, ¿por qué tanto apuro? ¿Le había pasado algo? Él vive hablando de esos que se hacen llamar “los inrronpibles y sus micos”, y de lo que significa estar “inposísiom” o “imposición”, qué se yo. Cosas raras en las que no me meto. Pero si necesitaba mi ayuda no podía fallarle.

Todavía alterado por el llamado, me vestí y tomé las llaves de mi clásico americano. No sé bien por qué, pero nomás al salir de casa y deslizarme sobre la tierra de mi cuadra sentí una extraña sensación: quería chocar contra todo lo que se me cruzara –y contra lo que no se cruzara también–. En la primera esquina doblé a la derecha derrapando, levantando tierra y pegando contra un muro bajo del que volaron piedras “pa’todos laos”. El sacudón me generó más adrenalina. No podía parar. Alcancé a un auto que venía circulando despacio –ejem, como corresponde– y le pegué duro de atrás, a traición, hundiéndole el baúl y mandándolo contra el poste del cartel que indica el inicio de calle asfaltada. Por el golpe, el poste se desplomó justo sobre mí, haciendo estallar el parabrisas. Ahí nomás empecé a echar espuma por la boca. El capó levantado y el sudor en los ojos me impedían ver. El pie derecho, rígido sobre el acelerador, no cedía.

Así entré en una avenida, espoleando vehículos a diestra y siniestra. Mi conciencia comenzaba a abandonarme –nos damos cuenta de lo que tenemos cuando lo perdemos–. Mis manos se movían solas, como poseídas. Los conductores, desesperados por huir, chocaban entre sí. Daban tumbos. Volaban unos por encima de otros –autos incluidos–. Para terminar desparramados sobre el asfalto, completamente desarmados. A esta altura, mi pobre cacharro estaba más abollado que papel aluminio. No estoy seguro, pero sólo recuerdo tres ruedas. Eso sí, llevé instintivamente la fatal cuenta: un total de 23 coches sufrieron mi desbocada pasión metálica, antes de llegar a destino.

Lo que quedaba de mi clásico se detuvo solo, agotado. Muerto por tanto amor. Recién en ese momento pude sacar las manos del volante. Atiné a abrir una puerta que ya no estaba. Salté fuera del... de solo pensarlo me brotan las lágrimas. ¿Qué me había pasado? ¿Qué le había hecho a mi joya? Los curiosos de siempre me rodearon. Corrí. Corrí lo más fuerte que pude. Paré después de unos minutos. Exhausto, me vi frente al edificio de Shinji. Toqué timbre. “Tardaste mucho. Dale, subí rápido”, me dijo. El viaje en ascensor fue eterno. Todo daba vueltas en mi cabeza, en mi estómago. Cuando me abrió la puerta del departamento, leí mi estado en su rostro de preocupación. “Acá estoy. ¿Qué pas…?”, alcancé a decir y me desmayé.

Next Car Game forma parte del programa de Juegos con acceso anticipado de Steam y se encuentra en estado pre-alpha. Fue elegido por la comunidad de Steam Greenlight. De momento nos permite correr en un circuito de tierra, uno de asfalto y una arena de demolition derby con hasta 23 autos pilotados por la IA. [i]

Fernando CounFernando Coun, alias Shinjikum, actual Secretario de Redacción, es un viejo prócer del fichín que comenzó a colaborar con el equipo original de [IRROMPIBLES] allá por los tiempos de la gloriosa Xtreme PC (en el siglo pasado). Es un gran fan de las aventuras gráficas y los juegos de carreras, y actualmente está traduciendo Sandokan, de Emilio Salgari, por el placer nomás. También lo encuentran en Twitter como @ferCoun.

 

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