old gamer

Una reflexión sobre las promesas propias

Fuimos los primeros. Nacimos, como es señalado de manera coloquial, en la Era Digital. En mi caso, el inicio de esa Era fue signado por el regalo de un artefacto llamado Atari, pero en su caso pudo haber sido una Coleco, algo más avanzado como una Commodore, o bien el hecho de ingresar por primera vez a un salón de "maquinitas" y quedar igual de alucinado. ¿Qué importa? Estábamos ahí, juntos; sin saberlo ni entenderlo como lo hacemos hoy en el presente, pero en ese momento nos convertimos en gamers.

Lo que sucedió luego resulta épico, y lo expreso en una palabra que conocemos mejor que nadie. La cultura gamer, devenida del "oficio" de ser gamer, acompañó cada etapa de nuestras vidas, dando forma a nuestro sentir y afectando la manera en que vemos, experimentamos y operamos en la vida. Gracias a esta epopeya digital nos es fácil, entre otras cosas, pensarnos como avatares —y diferenciar a los NPCs—, conocer a la gente según sus gustos en videojuegos —dime cómo juegas y te diré quién eres—, encontrar elementos propios de los fichines en novelas, películas y demás, pero, por sobre todas las cosas, nos dio acceso a algo divino que es —¡ni más ni menos! — la virtud de transitar varias vidas, existencias fantásticas, fabulosas, imposibles de atesorar por fuera del videojuego.

Podemos dejar de ser oficinista, encargado de un local, jefe de familia... Ey, hasta podemos dejar de ser humanos. De día, asesor de finanzas; de noche, ¿quién sabe? ¿Cazador de alienígenas, de brujas, de zombis? ¿Un soldado aliado en la Alemania Nazi? ¿Detective noir, o tejón a cargo de sus crías? La magia sigue haciendo efecto, y los conejos, gracias al Cielo Digital, no dejan de salir de la galera.

woman gamer

Pero, mientras tanto, algo tremendo pasó: ya no somos niños, ni tampoco adolescentes. Hemos respawneado varias veces hasta convertirnos en esa entidad llamada adulto, y cada vez que lo hicimos, las reglas de juego —no del fichín de turno sino de la llamada realidad— han cambiado. Y una pregunta, tarde o temprano, aparece en nuestras cabezas de gamer añejo: ¿no estaremos grandes para los jueguitos?

Cuanto menos, la necesidad surge para salvarnos de alguna forma de picor vergonzoso. Porque, lo sabemos bien, es imperioso responder a esa duda existencial que tiene las dimensiones de un mapa sandbox. Donde el tiempo se parece demasiado al dinero en el bolsillo cuyo gasto hay que administrar cada día, evaluando en qué lo invertimos y por qué, el momento de fichinear es abonar aquella cuota de disfrute que tanto nos hace falta a la caída del sol, o, como mínimo, arrancando el fin de semana. En esencia, se trata de la cámara de aire que mantiene nuestra barca en la línea de flotación. Es el pararrayos que nos conserva ilesos, liberándonos de la rutina e inmunizándonos, al mismo tiempo, de diversas formas de agobio, de decaimiento, de locura. ¿Es exagerado afirmar que, además, se trata del medio por el que nos preservamos modernos, activos, de alguna manera vigentes en este mundo trocado en millennial? Para nada, amigos gamers de las cuatro décadas. El fichín es la vacuna digital que la vida nos inoculó de niños, aún inocentes sobre los alcances de sus poderes balsámicos.

El demonio que pretende adueñarse de nuestra madurez, ése que tiene por lema "los grandes no juegan", va a volver mañana o el año que viene, porque el tiempo no frena y nuestra edad le sigue los pasos. Pero quiero recordarles la promesa que, de manera implícita o explícita, todos nosotros nos hicimos alguna vez. Quizás cuando matamos a ese boss que nos llevó horas, o cuando arrancamos la nueva entrega de un juego cuyo título anterior nos había volado la cabeza. Quizás tuvo lugar en la cama, tras una jornada de éxtasis fichinil, instantes antes de que nuestros sueños se tiñan de realidad virtual.
"Que nunca me dejen de gustar los videojuegos".

Y hoy podemos decirnos con una sonrisa, estoicos, seguros, fanáticos: nos siguen gustando. Y el niño interior nos sonríe de vuelta, intacto. [i]

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