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De cómo la naturaleza salvaje pudo conmigo y con mi orgullo...

Un hermoso paisaje asomaba en el horizonte. La promesa de aventuras y grandeza, casi como las puertas de aquel parque de fantasía prehistórica que me llevaron a embarcarme en esto, se abría de par en par y mis manos tensas agarraban el joystick destinado a domar esta tierra inhóspita. Al menos eso es lo que me hizo creer al principio, claro.

A ver, entendámonos un rato. Se supone que un gamer está preparado para todo tipo de desafío, ¿no? Dragones, zombies, estereotipos de terroristas, todas estas cosas que a lo largo de nuestros años hemos superado con distintos niveles de esfuerzo, pero iguales de éxito. Con 20 años de este tipo de experiencias a mis espaldas, uno esperaría que un juego que se trata de sobrevivir en una isla habitada por dinosaurios resulte pan comido para mí. Resultó ser que esta vez el pancito fui yo, una y otra vez.

Mi aventura empezó como en la mayoría de este tipo de juegos: Desnudo y con un temor constante a todo lo que se mueva. Alcancé a escanear rápido mis alrededores, y mi experiencia me dijo que debía meterle mano a cuanta planta pudiera. Naturalmente, le empecé a pegar a un árbol. Así conseguí madera y paja con la que, junto con la fibra de las plantas y las piedras del suelo, me procuró mis primeras herramientas. Nada mal.

Así pasé toda la mañana, juntando frutos y tomando agua de una laguna. Sin embargo, la noche se avecinaba y con ella el frío. Así que, sin tiempo de quejarme, armé una fogata y empecé a urdir un plan para matar mi primera presa prehistórica y hacerme un atuendo con su piel. Fallé miserablemente. Resulta que no importa que tan débil parezca el animal, si te lleva cincuenta y dos niveles de experiencia, no le vas a parecer más que un pedazo de mantequita.

Desperté en otro lugar. Esta vez, la orilla de una playa que parecía bastante tranquila. Un poco frustrado, cambié mi táctica. Me dediqué en forma casi exclusiva a recoger recursos, y para calmar mi ansiedad por aventura, me puse a construir una choza. Si hay algo que aprecio de este juego es lo realista que es el paso del tiempo en las tareas que hacemos: juntar los materiales y levantar los cimientos de mi hogar, con las herramientas con las que contaba, me tomó toda una tarde (algo así como dos días y medio virtuales). Luego de terminar mi hogar, ahora sí, con un palo armé una rudimentaria lanza y salí a buscar una tortuga prehistórica para matarla.

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La batalla fue feroz, la bestia con caparazón me tiraba picotazos y yo le atinaba con la lanza caminando hacia atrás. Finalmente salí ganador, y como premio conseguí carne y piel. Mientras se cocinaba el asadito jurásico, me calcé unos pantalones y unos zapatos. Ahí empecé a ver la cantidad de recetas que tenía para distintas herramientas y estructuras, junto con la cantidad de recursos enorme que necesitaba para construirlas. Apabullado, empecé de vuelta a juntar piedra, paja y madera. Ya medio aburrido decidí levantar campamento e irme a desquitar mis frustraciones con las tortugas aledañas. Parecería que les estoy contando un muy mal chiste, pero una de ellas me logró matar al acorralarme contra una roca.

De vuelta los rayos de sol pegaron en mi cara. Ahora sí, decididamente furioso (y un poquito avergonzado) me dediqué a procurarme algo ropa y una buena choza, rápido, para así partir a ver de qué se tratan, aunque sea, las otras cosas que hay en esta isla. Mientras juntaba recursos encontré a un lagarto al que pasé un rato dándole frutitas para que se haga mi amigo. Cuando logré adiestrarlo, lo nombré cariñosamente Juancho y junto con mi escamoso amigo fuimos a adentrarnos en la jungla. Finalmente el juego parecía abrir sus puertas a mí.

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Pero como quien enfrenta una prueba de los dioses, así como crucé el río que separaba mi islita de la jungla, una pareja de allosaurus me merendó de dos bocados. Casi tiro con furia mi joystick nuevo contra la pared, pero ahí me dí cuenta de algo que debía aprender: sobrevivir requiere mucha paciencia. Uno siempre anda buscando construir gigantes estructuras de metal montadas en el lomo de sus bestias esclavizadas, pero se olvida que quienes llegaron a eso primero pasaron por todas estas cosas que me tocó pasar. Por eso, en vez de guardarle rencor al fichín, ahora le tengo un gran respeto (tal vez un poco incentivado por el té de tilo que me tomé) y espero en algún momento llegar a poder descubrir todo lo que esta isla tiene para mí.

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Siendo que es un juego en acceso anticipado, sorprende la cantidad de contenido que incluye. Decenas de dinosaurios, cosas para construir y destruir, paisajes para explorar que dan una vida de juego larguísima que junto con amigos puede hacerse mucho más amena. Sin embargo, ARK: Survival Evolved no es bajo ninguna circunstancia un juego de primera categoría, y se podrían decir muchas cosas del costo que tiene en comparación con el estado en el que nos lo venden. Los problemas de optimización y una muy mala interfaz (mal traducida, con graves problemas de volumen de sonido y que no es para nada cómoda de navegar con el mando de PS4) hacen que, sumado a la gran cantidad de tiempo que perdemos parados, construyendo, armando herramientas y recursos, de a momentos haga extremadamente frustrante cumplir cualquier objetivo que nos propongamos. A pesar de todo esto, me gustaría destacarlo por saber transmitir el esfuerzo que realmente tomarían todas esas cosas fantásticas que en otros juegos haríamos con un simple clic (o tocadita de botón). Es un videojuego al que recomiendo encarar con la mente abierta y mucho tiempo libre. También, si es posible, un grupete de amigos que gocen de crear sus proyectos inmobiliarios de fantasía cretácica en grupo. [i]

DESARROLLADO Y DISTRIBUIDO POR: Studio Wildcard
GÉNERO:
Acción, Survival
PLATAFORMAS: Xbox One, PS4, PC, OSX, Linux
LANZAMIENTO:
08/08/2017

Los juegos en Early Access no reciben puntaje, ya que se trata de una oportunidad de probar el juego durante su desarrollo y brindar feedback. Esta experiencia de juego no representa necesariamente la versión final.

franco massaiFranco Massai, conocido en el ciberespacio como Wardigiman, es un gamer apasionado que ama mantener discusiones sobre la filosofía, política y trayectoria de los videojuegos. Le encanta encontrar gente que lo contradiga para expandir su horizontes. Es millennial. Pueden encontrarlo para debatir en su Twitter.

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