Recuperando el control

Marcos no despertaba Pasaban las horas. Veía cómo sus facciones se contraían. Cambiaban a cada momento. Ahora reía. Después Lagrimeaba. Ponía cara de dolor y angustia. Lanzaba gritos desesperados. Agitaba las manos como queriendo protegerse. Abría los ojos. Yo intentaba en vano traerlo de vuelta. Pero no, volvía a cerrar los ojos para comenzar nuevamente.

Al cabo de seis horas pudo recobrar finalmente el conocimiento –aunque en Marcos no sé si realmente aplica esta palabra–. Después de varios vasos de agua, fernet y cerveza, y un buen “sánguche” de salame, queso, tomate y mayonesa me contó, primero, lo que le había sucedido hasta llegar a casa y, después, lo que relato a continuación. De no creer.

Estaba muerto –comenzó diciendo, al tiempo que abría bien grande los ojos y ponía una voz entre mística y preocupada–. El cielo, de un celeste pálido, sin nubes, hacía horizonte con una superficie completamente plana y blanquísima, así como en la propaganda esa del jabón “pa’lavá’ la ropa”. Para mi sorpresa estaba dentro de mi clásico americano. “Te vine a acompañar, yo sabía que no podía dejarte ir solo”, le dije afectuosamente. Efectivamente, no estábamos solos. Nos rodeaban otros 23 autos-espectro con sus respectivos conductores. ¿Habíamos sido condenados?

Aceleré despacio, prestando atención a la reacción del resto. También ellos movieron sus pies derechos. Pasó lo que tenía que pasar: comenzaron a chocar todos entre sí. Giré desesperado a la izquierda, esta vez completamente consciente de mis acciones. Fue ahí cuando la vi. Inmensa. Majestuosa. Con sus líneas amarillas invitándome a poseerla. Era la rampa más alta que había conocido jamás. ¿Qué podía haber al otro lado? No lo sabía, pero no podía quedarme con las dudas. Le metí pata a mi máquina. Empecé a subir. Me alejaba cada vez más del suelo. La pendiente aumentaba. Y… Estaba volando. Sí. Directo hacia un cielo sin límite. Era este el camino. ¿Me estarán esperando del otro lado? Cerré por un momento los ojos y lloré de emoción. De pronto, sentí la falta de peso, comencé a descender. Había gravedad en aquel lugar. Frente a mí, pude ver una montaña gigante de neumáticos. Iba directo hacia ellos.

Miré dentro de la cabina y descubrí, a la derecha, un botón que antes no estaba. Lo apreté como por instinto. Una ráfaga de proyectiles salió de mi paragolpes. No salía de mi asombro. Dieron de frente contra el montón de caucho y éste voló por todas partes. Me cubrí la cara. Entonces caí. Golpeé duro pero no me dolió. Era obvio, “los muertos no sentimos nada”, pensé. Cuando quise reaccionar para tomar el control, fue tarde. Entré en una gran caja con dos cilindros metálicos con pinches que giraban eliminando todo vestigio de auto que pudiera tener mi clásico. Nuevamente, no volví a sentir dolor. ¿Sería un castigo para mi bólido?

Pasada la conmoción, concentré toda mi atención en el lugar que me rodeaba. Y observé sin querer creerlo: a una araña gigante cuyas patas aplastaban todo lo que se le cruzara, laberintos con precipicios fatídicos, trazados aéreos con rampas mortales, aros de básquet enormes, cañones más grandes aún, contenedores apilados y un largo etcétera. Estaba más que claro: era el infierno de los coches.

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Fernando CounFernando Coun, alias Shinjikum, actual Secretario de Redacción, es un viejo prócer del fichín que comenzó a colaborar con el equipo original de [IRROMPIBLES] allá por los tiempos de la gloriosa Xtreme PC (en el siglo pasado). Es un gran fan de las aventuras gráficas y los juegos de carreras, y actualmente está traduciendo Sandokan, de Emilio Salgari, por el placer nomás. También lo encuentran en Twitter como @ferCoun.

 

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