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Mis experiencias lésbicas en Mass Effect (III)

El amor en Mass Effect

PARTE III: Samantha Traynor. Sin ella, las heridas no se hubiesen cerrado jamás. En el fin de esta trilogía confesional, una de las escenas románticas más emotivas de un fichín.

PREVIOUSLY ON [i]: En “Mis experiencias lésbicas en Mass Effect” y “Mis experiencias lésbicas en Mass Effect (II)“, la Comandante Jane Shepard había intentado montarse a toda la tripulación de la Normandy, en algunos casos con éxito. Por fin, se había decidido por la preciosa Kelly Chambers, su terrateniente. Sólo que los Reapers tenían otros planes.

ARRIESGÁNDOLO TODO, mucho más tarde, la Comandante Shepard y su equipo de especialistas habíamos logrado rescatar a la tripulación abducida. La lucha había sido cruenta y en el mismo corazón del enemigo. Pero mi Kelly, nuestra Kelly, había sobrevivido. “Viniste por mí”, susurró, todavía ahogada por el tanque amniótico, antes de desfallecer en mis brazos. Estaba viva, pero ya nunca sería la misma.

La llegada de Mass Effect 3, la entrega final de la gran trilogía de BioWare, encontró a Jane en un espaciopuerto terrícola, pocos meses después. Me veía más linda, claro: o al menos tenía más cabello que en Mass Effect 2. Corría un poco raro. Como sea, seguía siendo esa monumental rubia que pasaba sus días salvando la galaxia aunque nadie quisiera creerle, o le cobraran hasta los cartuchos de balas.

 

El amor en Mass Effect

Cuando el cielo se encendía de Reapers y la vida comenzaba a extinguirse sobre la Tierra, Jane (y yo) volvimos con urgencia a una renovada y mucho más precaria Normandy. Habitáculos enteros habían sido removidos o clausurados, pero al menos el puente de mando era como lo conocíamos. La vieja tripulación ya no estaba allí, y la tierna Kelly era un recuerdo.

En su lugar había una nueva terrateniente: la especialista Samantha Traynor. Oh, oh. Una morenilla de aire hindú, tan linda como una noche de verano. Otra vez sentí mis pezones como brasas y la esperanza regresó a la velocidad de la luz.

Pero Mass Effect 3 es una larga despedida, una tragedia desde el primer minuto. Todos sabíamos, aunque dijéramos que venceríamos, que aquella sería la última aventura, el final, que el futuro no era nuestro, pero sería de los que sobrevivieran. Que la vida era pasajera y había que darla por los otros, los que quedarían, por esa galaxia repleta de almas tan distintas pero al mismo tiempo tan iguales. Como una gran vidriera contra la xenofobia y a favor de la tolerancia y la paz, Mass Effect 3 nos arrastraba a un agujero negro y sin retorno.

 

El amor en Mass Effect

La necesidad de liberar tensiones de Jane era más grande que nunca. No hacía tanto, lo había intentado con Samara, la justicar asari. Linda mina, azul, matrona, grandota como una Moria Casán del espacio. Con Jane le tiramos un par de centros, pero la asari se hacía la ocupada. Una noche, entre misiones suicidas, Samara admitió que si tuviera mil años menos, Jane estaría en el piso rodando en sus brazos. Fue todo lo que conseguí.

Los demás héroes de Mass Effect 2 hacían apariciones circunstanciales, así que la comidilla de la Normandy SR-2 era la nueva parejita rara, formada por el piloto Jeff “Joker” Moreau y la sorprendente robot hembra en que se había convertido EDI, la inteligencia artificial de la nave. ¿Podrían amarse esos dos? Joker le quería meter mano, pero la Comandante Shepard era tajante: Joker tenía un problema degenerativo en los huesos, y EDI era una mina hecha de titanio. No funcionaría.

 

El amor en Mass Effect

Los nuevos tripulantes, por otro lado, estaban interesantes, como Kaidan Alenko y James Vega –al latino Steve Cortez no le movíamos la brújula, era gay– pero yo ya era, decididamente, lesbiana. Liara era una sólo una buena amiga, Tali estaba confundida así que… Un poco llevada por la situación, que se precipitaba luego de cada asalto planetario, o quizás por la forma en que estaba fichineando, todo terminó en la morena Samantha. No digo que no le había echado el ojo a la monumental Diana Allers, versión digital de la célebre Jessica Chobot, pero no me daba cabida. Mi mayor logro había sido concederle un reportaje en mi cabina de Comandante, pero no había pasado de un simple coqueteo.

También había encontrado a la mismísima Kelly, ya recuperada, en la zona de emergencia de la Ciudadela. Por supuesto, la invité a volver conmigo a la Normandy, pero no aceptó. La abducción había sido demasiado para ella, no podía superar el terror. Claro que hubo palabras dulces, como dos amantes separados de común acuerdo.

 

El amor en Mass Effect

Samantha, en cambio, desde el principio estuvo a mi disposición. Me admiraba. Así que una nochecita de esas, cuando ya no parecía haber esperanzas sin sacrificarlo todo, la morena aceptó ducharse en mi cabina de Comandante (los Comandantes tenemos privilegios).

Se había desnudado y estaba en la ducha. “Tengo una amiga a la que quiero”, decía mientras el agua caliente resbalaba por su piel morena (gracias Unreal Engine), “pero no sé si ella está interesada”. Para la sorpresa de este sufrido cronista, Jane se levantó de su diván y respondió: “Ella sí está interesada”, y así nomás se metió, vestida y todo, en la ducha. Fue muy lindo, emocionante.

 

El amor en Mass Effect

Y a medida que nos alcanzaba el inevitable destino, Samantha sólo me decía palabras de amor, misión tras misión. Íbamos a tener una casa con una cerca blanca, con mucho verde, y muchos hijos, claro que sí. Era una promesa. Fue una de las pocas veces que vi llorar a Jane.

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