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Cuando vi La Máquina que hace Estrellas

“El Sinfín era oscuro y tenebroooso…”

¿Qué hago yo escribiendo una crítica de películas? No soy crítico de películas, sino de videojuegos. Además, sería una crítica viciada desde el primer segundo, porque -aunque de manera distante y esporádica- estuve viendo en estos pasados tres años cómo se hizo. Vi el enorme esfuerzo, supe de los contratiempos, de los nervios, de las esperanzas, de los miedos, de las alegrías, del talento perfeccionándose; de todo eso que rodea a cualquier producción creativa. Entonces sería imposible criticarla “en serio”, no hay manera porque uno tiende a poner en la balanza ese esfuerzo de producción, e invariablemente afecta lo que ves en la oscuridad de la sala.

Debería (pero no quiero) hacer mi trabajo como crítico de fichines, aislar mi cabeza, focalizarme sólo en la experiencia que te da el producto terminado. Olvidarme, digamos, de cómo se hizo, concentrarme en el resultado, en lo que los espectadores ven en esa penumbra de pochoclos y gaseosas, ese entorno de extraños sonrientes que te miran desde atrás de sus gafas 3D. Olvidarme también de que su director, Esteban Echeverría, es a estas alturas un amigo, además de ser uno de los mejores escritores que tiene la revista de [IRROMPIBLES]. Y no sólo es él, también andan por ahí otros amigos queridos como Emmanuel Di Leo, que pusieron arte y corazón.

Fui con mis hijos al cine a ver La Máquina. Y me asombré. No por la técnica, ni la tecnología, elementos remarcables en una producción argentina, hecha casi a pulmón, hecha casi sólo con talento; un hito en el cine nacional independiente. Porque está tan bien hecha que enseguida dejás de ver eso y te lleva la historia. Todo ocurre demasiado rápido para el protagonista, Pilo Molinet. De repente su pequeño mundo de asteroides se paraliza, y el cielo se derrumba quedándose sin estrellas. Y entonces el pequeño Pilo, valiente, chiquito, tozudo, solitario, emprende un viaje a los confines de ese espacio vacío. Y como en toda epopeya, en el camino encuentra aliados, oponentes y la obligación de crecer.

Es un cine distinto a Pixar, a Dreamworks. Se siente más de acá, más latino. Es más emocional porque se trata en muchos sentidos de una metáfora aunque se presente como una road movie para chicos. Y eso, a mi parecer, es importante porque nos distingue. Hay una búsqueda que como latinos nos debemos todos, la búsqueda que intento transmitir en mis clases de Game Design: la búsqueda de nuestra identidad. ¿Por qué el pequeño Pilo no se intuye un personaje de Pixar, o de otra productora de esas inmensas y llenas de recursos? ¿Será simplemente porque la hicieron en Argentina? ¿Será que yo no puedo verlo de otra manera?

 

 

La Máquina que hace Estrellas está ahora en los cines de Argentina, cada vez en menos salas porque el cine nacional siempre está en segundo plano y los espectadores argentinos son de esquivar las producciones locales, aunque se dice que, por suerte, cada vez son menos los encandilados por Hollywood que reniegan de lo propio. Espero que vayan a verla, los que puedan. Lleven a sus hijos. Es una película sin violencia, tierna, con un laburo inmenso.

Mientras, a mí se me encomendó el honor de diseñar el videojuego basado en la película. Así que manos a la obra, estoy en eso. Mi apuesta es conseguir que Pilo Molinet encienda las estrellas una vez más. A ver si puedo subir a su altura.

 

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