Sin categoría

Irrompibles vs. Flying Heroes

IRROMPIBLES VS. FLYING HEROES
BLANCAS PALOMITAS
Flying Heroes. O las patéticas aventuras de tres guerreros con vértigo.

Había sido difamado. Y cómo. Moki me había dejado como un pelín del trencito de la alegría cuando le tocó relatar nuestras aventuras con el Motocross Madness 2 y ahora, meses más tarde, pagaría con su vida.
Claro que también estaba dispuesto a aceptar cheques al portador de Inodorelli.


Recuerden jóvenes aprendices: la venganza es un plato que siempre se come frío.

Los vencedores son los que escriben la historia. Y no hay enunciado más verdadero que este,
porque de lo contrario, otro Irrompible hubiera escrito esta nota en mi lugar.
Otra teoría interesante pero menos gloriosa afirmaría que, por motivos laborales, todo la Orden
del Picor pasó un septiembre infernal sin apenas poder asomar la cabeza de sus respectivos trabajos (que en realidad es prácticamente el mismo porque todos trabajamos en el mismo lugar; a excepción de Moki, claro, que siempre se empeña en llevarnos la contra) y sólo Inodorelli y el pequeño Miko Fabulador se habrían presentado en el campo de batalla.
A esta altura de los acontecimientos, es bueno que sepan que pasé gran parte del mes exprimiéndome los sesos para decidir cual sería el juego adecuado para testear con los muchachos. Es por eso que en cuanto leí la nota deL Flying Heroes de la XPC Nº 34 supe que tenía una joven promesa entre manos: Take2 había estado envuelta en el desarrollo del fichín (los mismos pibitos que le dieron vida al glorioso/supremo/picoretón Hidden & Dangerous) y eso significaba garantía
de 0 lag a la hora de jugarlo por Internet usando un modem de 56 k (el hardware oficial de los Irrompibles). Y claro, también me tentaba la sola idea de desplumar al ganso alado que seguramente elegiría Moki para pelear; y poder fotografiarlo envuelto en llamas y cayendo desde las alturas
me proporcionaría, además, un estupendo wallpaper para mi desktop.

Fasten your seat belts, please.

Llamé a Moki y le susurré por el auricular del teléfono nuestro password secreto: “In Position” (opps, supongo que dejó de ser secreto). Segundos después el enjuto guerrero estaba o­n-line.
Encontrar a Inodorelli en el ICQ no fue ninguna proeza. Generalmente, cuando este muchacho
llega del trabajo, se transforma en un vampiro sediento de balas y busca cualquier tipo de víctima
que quiera cometer la estupidez de medir fuerzas con él.
Este ser endemoniado es, además, un experto (al igual que el Pequeño Moki) en el arte de los arcade en primera persona; y su habilidad con los fichines de autos también es legendaria.
Ahora pueden entender porque decidí enfrentarme a estos titanes en el aire.
Es más, había estado practicando unos cuantos días en la soledad de mi hogar y ya conocía todas las teclas que me darían la ventaja decisiva a la hora de derribarlos.
Los otros Irrompibles habían desestimado las virtudes del Flying Heroes: que jugar montados
en pajaritos es de pajarones, que los fichines aéreos siempre son aburridos y difíciles de dominar, que estamos obligados a abandonar el mouse y a desempolvar el viejo joystick, que me mareo
y vomito arriba del teclado, que si uno de estos pajarracos te hace kk en el hombro te lo disloca, blah, blah, blah…
Pero lo bueno viene ahora: yo ya había probado el fichín y había notado que tiene serios problemas para configurar el joystick (en mi caso, ni siquiera lo reconoció), con lo cual mis enemigos se verían en aprietos a la hora de maniobrar con las teclas sin haber practicado antes. Ji-ji, ya podía oler
la victoria que, curiosamente, siempre huele a carne chamuscada.
Invité a los muchachos a “joinearse” a mi host pero debo admitir que no puede evitar sentir, durante algunos segundos (pocos), lástima por sus traseros próximos a ser baleados.
En el menú de opciones elegí unirme a los Lizard Riders; ya que este equipo posee hermosos dragones alados y un arma (cuando tengan suficientes balas, presionen el número 4 en el teclado) llamada Spitfire que no es otra cosa que una ametralladora símil biplano de la segunda guerra
que escupe clavos a una velocidad pavorosa.
Cuando nos encontramos cara a cara, a punto de batallar en el nivel Arena, sentí un escalofrío
en la espalda al notar que Inodorelli había escogido tripular un dirigible (tan intimidante como inflamable, ji-ji).
No me había equivocado con la elección de Moki, que tripulaba un ganso (sí, un ganso) y ya
se encontraba recogiendo presuroso los bonus esparcidos por el nivel (pequeña ratica ventajera).
Sin demorarme demasiado, espoleé yo también a mi poderosa lagartija alada y me lancé en picada en busca de munición y shields. Recibí un par de balazos de Inodorelli que rasparon la montura
de mi animal y se clavaron en mi muslo. Tuve que reprimir un alarido de dolor para que el animal
no se asustara apenas comenzado el combate y decidí buscar primero la medicina antes que otra cosa.
Mi rival optó por utilizar las columnas del centro de la Arena para cubrirse mientras me rociaba
con todo el amor del que era posible. Las balas repicaban cerca y la sangre de mi pierna
se comenzaba a colar en mi bota.
Mi fiel dragón debe haberla olido porque empezó a batir las alas con furia y en pocos segundos teníamos la munición, la coraza y la medicina necesaria para enfrentar a ese globito pedorro
y gaseoso.
Seleccioné la Spitfire y disfruté observando la cara de Inodorelli cuando una lluvia de plomo caliente atravesó de lado a lado la canastilla donde estaba, obligándolo a echarse cuerpo a tierra. Algunos balazos penetraron el dirigible pero noté que derribarlo no sería nada fácil, puesto que soportaba estoicamente los pinchazos.
Era el momento de una maniobra desesperada: me acerqué aún más a la canastilla y, parándome sobre los estribos de la montura (¡ay! cómo dolía la pierna) detuve en el aire a mi letal dragón mientras despedazaba con la Spitfire la débil cajita donde se ocultaba Inodorelli. Pero el plan falló.
El muchacho asomó un brazo, apretó el gatillo de su metralleta y nos dio de lleno con todo
lo que tenía.
Mi dragón, herido de muerte, se sacudió violentamente y estuvo a punto de hacerme caer al vacío. Tuve que improvisar para sobrevivir: presionando a fondo SHIFT, el animal comenzó a elevarse horizontalmente hasta que tuvimos al dirigible bajo nosotros. ¡Hermoso!, Inodorelli no podía dispararnos porque tampoco podía vernos y, lo mejor, desconocía la función de la tecla SHIFT.
Vacié mi cargador sobre la endeble tela del dirigible que no tardó en incendiarse, precipitándose violentamente a tierra. Observé como el maldito saltaba de la barquilla y abría su paracaídas…
no escaparía esta vez: las garras de mi dragón mal herido lo arrastrarían hacia las columnas para
un “golpecito” final. Cuando ya estaba sobre él, el Pequeño Gran Moki surgió de la nada, armado hasta los dientes y con mi cara en su mira. Tuve que abandonar a regañadientes a Inodorelli, zambullirme en los canales que rodean la Arena, tomar el bonus de invisibilidad, y buscar la preciada medicina (ahora para mi animal).
Moki se asustó cuando desaparecí e intentó esconderse en las galerías que circundan el nivel. Aproveché lo poco que me quedaba de invisibilidad y recogí la esfera que te transporta al cuarto secreto donde se esconde el “arma suprema” (o la más divertida para mi gusto: ¡la bola de metal!, una especie de gigantesca mina voladora con terribles púas que puede manejarse a control remoto).
Salí del cuarto oculto y encaré de frente a Moki. Noté confianza y picor en su rostro mientras lanzaba todo tipo de bolas de fuego hacia mi montura. Una me dio de lleno y las llamas nos envolvieron
por unos cuantos segundos chamuscándome mi hermoso pelo largo e incendiando las alas
de mi dragón que chillaba enloquecido.
El momento había llegado. Usé los corchetes para seleccionar la Steel Ball, presioné ENTER
y ¡voilá!, la hermosa esfera plateada surcó los aires en busca del cacor. Todo lo que vi a partir de ese momento era una subjetiva de la temible arma (mi dragoncillo y yo quedamos inmunes a cualquier tipo de ataque siempre y cuando la Steel Ball siguiera volando) mientras la dirigía a su presa;
que advirtiendo la argucia, dio un giro violento intentando escapar.
La bola seguía acercándose y Moki intentó lo imposible maniobrando entre los pilares del nivel.
Sólo tuve que rodear uno de ellos para golpear el flanco derecho del ganso que se desplomó
(y desplumó) violentamente, no sin antes rebotar un par de veces entre las columnas.
El Pequeño Gran Moki había caído, y no vi ningún paracaídas. La venganza estaba consumada.
Lástima que duró poco porque los dos piratas aparecieron a los pocos segundos de nuevo (¡maldito respawn!) y se dedicaron a golpearme sin descanso las dos horas que seguimos jugando. Pero esa es otra historia y nadie quiero oír de miserias luego de este relato épico donde la justicia y el honor prevalecieron por sobre la mezquindad y la torpeza de mis ineptos rivales ¿no? ¡NO!

Y colorín colorado, esta bala te ha matado.

¿Mi recomendación final? Sólo jueguen al Flying Heroes si logran configurar el joystick porque
de lo contrario se aburrirán a los pocos minutos puesto que es ULTRA difícil maniobrar esas batatas voladoras con el mouse y las teclas. Y si bien resulta divertido ver a tus amigos caer envueltos
en plumas, es más divertido verlos enterrarse de cara en Bolivia porque dieron un mal salto
con sus motos.
Eso sí, como en el Hidden & Dangerous, el lag NO EXISTE en el Flying Heroes, y eso vale MUCHO. Encima los requerimientos de hard son bastante bajos.
Bueno, eso es todo por hoy amiguetes. Nos vemos pronto y nunca olviden que si se rompe,
no es Irrompible. He dicho.

 

Rodrigo “Rolo” Peláez
Octubre 2000

Escribe un comentario