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Irrompibles vs. Soldier of Fortune II

IRROMPIBLES VS. SOLDIER OF FORTUNE II
EL DIA QUE MOKI FUE PROCTOLOGO DE ROLO

Angustiado estoy, tras la partida de mi amigo a tierras lejanas. Aquel gracioso duendecillo pelilargo con el que pasara las horas frente a mi monitor, baleando, se había marchado al Caribe. Peor me siento aún sabiendo que el último partido que jugamos… fue tan dulce, como amargo. Y si, adivinaron, otra vez lo aplasté como la cucaracha que es. Rolo, aquí, o en Guatemala eres débil, hueles a caca, y lo sabes cada vez que miras tu pañal sucio.

 Engatusando a Rolo con discursos baratos

 

Rolo es un monigote muy gracioso, ríe de los errores que los demás cometen y nunca cuenta los suyos. Jamás. Gracias a esos errores si uno se bate a duelo con él, puede salir victorioso, y es un elemento peligroso jugando en equipo, si de cuidar espaldas se trata. Es el típico personaje que sale a un descampado revoleando su cabellera con un cartel en la espalda que dice: “dispare aquí”. Rolo pasa más tiempo al cuidado de su cabello que haciendo ejercicios de muñeca con el mouse. Sabe más de cremas acondicionadoras y enjuagues, que de armas o estrategia. Bueno, por lo menos eso era hasta ahora, porque se pasará las horas dorando su flácido cuerpo color cadáver, en las tibias arenas guatemaltecas.
Lo cierto es que como sucede con todas las partidas, era necesaria una despedida. Quien sabe por cuanto tiempo dejaría de ver el payasesco rostro de mi amigo, que a partir de mañana sería una especie de Casper (Gasparín el fantasmita amigable). Es bueno, es pálido, es amigable y siempre esta ahí, pero no se puede tocar. Ya no podría hacer esos llamados de 2 de la mañana gritando: IN POSITION!… snif.
De cualquier manera, decidí que una buena manera de despedir a mi compañero de armas, sería baleándolo frente a los flashes del Hypersnap (programejo con el que sacamos todas las fotitos) en los escenarios de Soldier of Fortune 2.
Al principio se mostró reacio, con excusas tan baratas como que su esposa tenia dolor en el lóbulo de la oreja, que tenía calambres en la uña de su dedo meñique, o que su cucú estaba seco de vientre (ya todos sabemos Rolo que el pajarillo de tu reloj necesita aceite, no puré de zapallo). Pero recurriendo a la vieja artimaña de llamarlo cobardika, gallina, o simplemente afeminado y cagón, conseguí que anotara mi número de IP.
Pasaron 3 tortuosos minutos hasta que el vetusto dial-up de Rolo se dignara a dejarlo entrar a la intrincada mansión que habíamos elegido como escenario de nuestra balacera. Tiempo que yo, por supuesto, había aprovechado para recorrer el escenario y levantar del suelo cuanta arma encontrara en mi camino. Fue así, como al entrar Rolo con su tímido ping de 300, aprendió por primera vez a volar como lo hacen los superhéroes. Su primera reacción al verme fue la de correr como un niño tras un gato, pero él llevaba en sus manos una escopeta. Corrí, como siempre dice Rolo que lo hago, corrí tanto que no me daban los pies, pero él nunca entendió mi verdadera intención. Mientras de seguro el reía una vez más por mi comportamiento, me di vuelta y le solté una granadita que cayó a sus pies. Si los skins pudieran hacer morisquetas, creo que la de Rolo sería de “ourror”, al descubrir que la granada era color rojo. El nunca supo que el rojo significaba fuego, pensó simplemente en peligro cuando el artefacto detonó, convirtiéndolo en una bola de fuego parlanchina, un zeppelín en llamas… un… un “cacor” de Inodorelli en llamas.
La ira de Rolo comenzó a crecer cuando una y otra vez me las arreglaba para aventajarlo, y justificaba su pobre actuación con el pésimo ping de su dial up. A pesar de eso, el partido era parejo porque yo veía casi tan mal como él, víctima de un problema crónico con mi motherboard. Parejo… hasta que apareció Miguel.


El ocaso de un Irrompible y una noche de furia

 

Miguel, qué puedo decir de tan gracioso personaje. Una especie de “Dr. Jeckyll” alto… muy alto. Tanto que Rolo y yo podemos ser sus bastones para la vejez. Un tipo bueno, generoso y tranquilo… mientras esta lejos de un teclado. “Maicol” es su nombre de batalla, o debería decir “Mr. Hyde”, porque conectado a Internet y jugando con sus amigotes, es una especie de asesino en serie.
Yo había cometido el error de pasarle mi IP mientras preparaba los detalles para la partida con Rolo.
Como una especie de fantasma se apareció en la partida y empezó a repartir plomo de manera amenazadora. Pero la cantidad de tiempo que llevábamos Rolo y yo jugando, hizo que el partido terminara antes de que Maicol lograra trepar en la tabla de frags. Cuando el partido estaba por alcanzar el límite de tiempo estábamos empatados con 19 puntos cada uno, y descubrí a la ratika paradita en el tejado. Mientras descargaba el cargador de mi AK 47 sobre él, noté que no se movía e imaginé su expresión de horror del otro lado. Cuando el cuerpecillo de su personaje se ahogaba con gárgaras de su propia sangre, alcanzó a confesarme que estaba escribiéndome una tontería acerca de mi pobre gato.
Ya era tarde y su mujer reclamaba su presencia, así que quedé con Maicol frente a frente, mientras una excusa barata de Rolo brillaba en el monitor: “Oh, lo siento balikas, pero mis deberes conyugales me llaman”.
Decidimos que era hora de cambiar de escenario, y esta vez elegimos las oficinas de Raven.
Una casona de oficinas de una planta, repleta de habitaciones y rodeada de nieve fue testigo de una lucha titánica. Un esfuerzo sobrehumano por intentar ganar un partido que para mí era imposible ganar. Tan pronto como comenzamos a correr por los largos pasillos de las oficinas, me di cuenta de que algo andaba mal. Mi máquina parecía víctima de algún embrujo, y mientras sufría una especie de catarro informático, tosiendo y comiéndose cuadros, mi personaje parecía tener una particular atracción por trabarse en puertas y paredes. Una pereza cibernética que mi adversario parecía desconocer, ya que su puntería tenía una precisión de relojería. En repetidas oportunidades terminé rogando por mi vida al encontrármelo a la vuelta de un pasillo. Cada vez que esto sucedía, el desenlace parecía una escena de script de un juego. Corríamos en círculos descargando plomo, mi monigote virtual sufría un parkinson inexplicable y terminaba en el piso ahogándose en un charco con su propia sangre. La ira comenzó a tomar forma, y perdí el control. Mi teclado sufrió las consecuencias y un puñetazo rompió los soportes de la extensión para apoyar las palmas. Por un momento pensé que ya no podría seguir jugando, mi personaje se puso más torpe aún y no respondía a mis órdenes.
Estaba sufriendo un ataque de nervios, y el muy maldito de Maicol estaba disfrutándolo. Comenzó a mofarse de mí, excediendo los límites de la soportabilidad, y el hecho de que el responsable de mi derrota fuera el motherboard de mi máquina, aumentaba mi broncor. Nunca sufrí una tortura tan grande, la ira interior se transformaba en lanzas que atravesaban mi cerebro, me sentía como el hombre antorcha a punto de incendiarse. Pero ver el teclado roto me devolvió a la realidad. Si seguía canalizando la ira en el teclado, me quedaría sin máquina en un par de meses.
Decidí tomar cartas en el asunto, para salvar mi honor y el resto de mi máquina, solucionando el problema más inmediato: puntería. Era claro que el “Mal de Parkinson” generado por el hardware de mi computadora no tenía arreglo inmediato, así que decidí pelear al estilo “vietnamita”. Escondiéndome y saliendo solo a disparar… y si era por la espalda, mejor. Para esto tenía que hacerme con armas “antideportivas”. Lanzamisiles, lanzagranadas y escopeta a repetición fueron las elegidos para quitarle el sueño de victoria a Maicol. Las dos primeras solucionarían mis problemas de puntería a largas distancias y la segunda se encargaría de arrancarle la cabeza si lograba acercarme lo suficiente. Luego era cuestión de tiempo. Me agaché tras una mampara en las oficinas, apuntando hacia el pasillo y esperé. No tardó demasiado en acercarse, zapateando por el pasillo y asomándose de la manera más alocada en todas las oficinas. Todo lo que este muchacho tenía de meticuloso lo tenía de descuidado… jamás miró hacia atrás, jamás me vio apuntándole a la cabeza.

Kablam!! Paf!! cuich-cuich-cuich!! (Bueno… en realidad le arranqué la cabeza de un escopetazo)

 

El resto supongo que lo imaginarán, pero como a mí me gusta ser descriptivo, lo contaré de todas maneras. Mientras Maicol se alejaba a las zancadas en mi búsqueda me acerqué por la espalda, arrancándole la cabeza de cuajo de un escopetazo. Calculo que en ese momento se acordó de mi familia entera, pero afortunadamente no podía emitir sonido porque su boca ya no estaba.
Poco a poco fui robando puntos en la tabla con mi táctica de guerrilla, siempre cambiando de locación. Acobachado en el techo del edificio y apuntando al pie de la casa, por donde seguramente en algún momento pasaría mi adversario, para terminar como un viejo rompecabezas de 500 piezas (desarmado, desparramado y olvidado en el piso), o esperando tras una puerta con la escopeta en la mano.
Para nuestra sorpresa, mientras Maicol se quejaba de lo injusto que era mi accionar, Rolo reapareció. “No podía soportar que fichinearan sin mí en mi última noche en el país”. Era justo lo que necesitaba, un monigote para balear y lograr una diferencia favorable.
El marcador estaba ajustado una vez más, Maicol me llevaba todavía una diferencia importante y el tiempo estaba por expirar. Era como uno de esos partidos del Mundial, faltan 2 minutos para que termine y aún hay que hacer 2 goles. Gracias a Dios, Rolo entró como un pavo de feria y prácticamente me regaló lo que me faltaba para igualar el marcador. Solo faltaban 40 segundos para definir el partido y tenía que encontrar a alguien para marcar la diferencia, cuando detecté una sombrita al fondo del largo pasillo. Con el rifle sniper vi a un descuidado Rolo correteando en busca de armamento, mi dedo temblaba de la emoción porque en el fondo sabía que yo era el ganador. Solo un click me separaba de la ansiada victoria… BANG!….
El resto de la escena la vi desde el suelo, pero lejos de este mundo. Mientras mi espíritu virtual se alejaba de su cuerpecillo, vi con claridad a la rata de Maicol escabulléndose y empuñando una escopeta. El muy maldito me había volado la cabeza por la espalda, robándome así ese preciado momento de gloria. Pero el Oscar a la bronca fue su frasecita: “Bueno Moki, me voy a dormir porque es tarde y no quería irme sin decirte… gané gané gané gané gané, jejeje”. Ahhhh, malditoooo!!! Cómo lo odié.
Por suerte quedó Rolo para desquitarme, pero la ratika quería irse a dormir, alegando que de a dos era muy aburrido. Insistí hasta que lo convencí de hacer un último partido a cuchillos. Nos trenzamos como 2 gauchos revoleándonos los cuchillos o arrojándolos. Parecíamos dos bailarines clásicos saltando de un lado al otro mientras nos arrojábamos dardos mortales. Cómo reímos esos 15 minutos, tanto me divertí que decidí obsequiarle el partido a mi compañero de armas como despedida. Porque ya nunca vería su cara de monigote, ya nunca vería la pomposa nariz, ya nunca vería su sedosa cabellera… y ya nunca volvería a oír el alocado alarido de su cucú. Rolo abandonó su tierra. Pero dejó su picor. Me pidió que los despidiera con su frase: “Recuerden pekeños, si se rompe no es Irrompible… Moki eres kk vieja y tu gato apesta”. Cuando le dije que esa no era exactamente su frase, me dijo que no le importaba, que era su despedida y que si tenía algún problema le busque en Guatemala. Mi gato lloró, por primera vez sintió de alguna manera el amor de Rolo… o quizás empezaba a extrañar a su cucú.

Por Sebastián “Moki” Di Nardo
Julio 2002

 

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