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FePI Mendoza 2010: Diario de viaje (parte 2)

En la recepción del hotel, espera el gran Omar Di Nardo. Yo había colgado mi ropa, atacado el frigobar y bailado desnudo en las enormes estancias de la habitación 24. ¡Qué enorme era la 24, demasiado para un simple Dan! Tenía living, oficina, cama matrimonial, TV, cocina… Me hubiera quedado a vivir. 

Bajo rápidamente a encontrarme con Omar. Este señor, de mirada afectuosa y rasgos firmes, es como un Moki del futuro. En efecto, es el padre de Sebastián Di Nardo, o sea nuestro querido miko tonto de la [i]. Un verdadero pope de la agencia Young & Rubicam, una de las más prestigiosas, y además uno de los directores del Festival de Publicidad del Interior, al que me había invitado. Y digo que es como un Moki del futuro porque se puede reconocer cada gesto de uno en el otro. Son como dos gotas de agua separadas por una treintena de años.

Allí también esperaba Osvaldo Palena, otro creativo publicitario, docente y director del FePI. Vamos a almorzar e intercambiar ideas. Mendoza está brillante de sol, con sus parques, plazas y paseos atiborrados de adolescentes festejando su día. Nos acomodamos en el Primerísimo Restaurant, donde ya están varios colaboradores del festival. Me preguntan cuál es el proceso para crear un videojuego, y hablamos de la diferencias entre nuestra forma de pensar –secuencial, me gusta decir– y la de las nuevas generaciones que crecieron en un mundo ya conectado. Suelo sostener que los pibes extrapolan sus pensamientos y arriban a conclusiones por asociación mucho más eficientemente gracias a su training en la lectura de hipertextos. Mis alumnos de Game Design o Game Art rara vez han leído un libro entero, pero suelen abordar hipertextos todos los días; saltan de una idea a otra, un proceso que se asemeja mucho más a la manera en que funciona el cerebro. Son más inteligentes cada nueva generación; claro que, también, algo más dispersos. Es un tiempo de transición, concluye Osvaldo.

El auto se aleja y quedo frente a la nívea estructura del Hotel Hyatt. Sobre la Plaza Independencia, los pibes charlan bajo los árboles, caminan en grupo y juegan a las cartas. Hay algo extraño en todos ellos, pero no logro determinar qué.

–¿Se le apetece un tour al Cerro de la Gloria, caballero? –pregunta alguien con tonada muy mendocina.

Dieciocho pesos después, estoy a bordo de un colectivo anaranjado, sin techo, junto a otros turistas. Mi charla en el FePI es al día siguiente, de manera que tengo toda la tarde libre. Qué más da, allá voy. El colectivo avanza por una avenida bordeada de árboles altos. Las veredas son amplias, muy limpias, y repletas de chicos que van y vienen. La mayoría saluda al paso. ¡Son muy sociables! Aunque me siguen pareciendo raros, por algún motivo que no consigo identificar. ¿Es porque saludan y sonríen? ¿Será que el colectivo anaranjado es una trampa que lleva su carga de turistas a algún destino fatal? 

Mendoza es así de verde, explica el conductor, que también oficia de guía, gracias a los canales –que los mendocinos llaman acequias– construidos en prácticamente todas las calles y avenidas. Las acequias traen el agua del deshielo, y por eso la vegetación abunda en la ciudad. De otra forma, no sería posible.

El colectivo atraviesa los colosales portones del Parque San Martín. Hay un mundo de jóvenes concentrados en el inmenso predio. Todo es muy colorido y los saludos siguen y siguen. Tengo el brazo angustiado cuando, finalmente, el colectivo trepa la ladera del Cerro de la Gloria. El sol va rumbo al ocaso y las montañas mezclan marrones y celestes sobre un territorio árido pero salpicado de viviendas. Subiendo hacia el cerro, los estudiantes mendocinos desaparecen, reemplazados por un viento frío.

Algunos compañeros de viaje están asombrados por la precordillera, pero yo lo estoy por el nítido azul sobre nuestras cabezas. Los cielos del país son así, excepto en Buenos Aires, donde ya no tenemos nubes blancas ni estrellas. Recuerdo que me costó mucho acostumbrarme a la gran ciudad. Yo viví en Salta hasta los 20 años. Por las noches, solía acostarme sobre el techo de mi casa a “cazar satélites”. 

Más tarde, sentado frente al imponente monumento que corona el cerro, descubro lo que me perturba de los pibes mendocinos. Ninguno estaba fumando ni tenía botellas de alcohol a la vista. Ni uno solo. Entre los miles que había visto.

 

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