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FePI Mendoza 2010: Diario de viaje (parte 3)

La mañana del miércoles 22 de septiembre, acodado en la recepción del hotel, miro la Plaza Chile a través del cristal. Es un día de mucho sol, con el verde fulminante de los primeros brotes primaverales cargándose en los árboles. Algunos mendocinos caminan despacio por las veredas, esquivan la fuente central, van y vienen. Se los nota serenos a un nivel que ya no recuerdo para mí mismo.

El conserje, Cristian, refunfuña ante mi comentario. Mendoza le parece tranquilo, aunque demasiado tranquilo. Aquí nunca pasa nada, dice, escribiendo unos papeles.

–Mejor así –bostezo–. Anoche vi en la tele lo que pasó en Buenos Aires. Los pibes se masacraron, hay como 60 heridos, un coma alcohólico, parece que hubo hasta tiros. –Y aprovecho para comentarle mi impresión del día anterior, cuando había visto multitudes de estudiantes lo más panchos, sin tomar alcohol ni agredir a nadie. Las noticias de Buenos Aires, cuando no estás en Buenos Aires, son como cosas imposibles, que sólo pasan muy lejos y no importan demasiado. Como cuando uno ve en un noticiero una catástrofe en Pakistán. Pobrecitos, pero qué me importa si es lejísimo.

–Ah –sonríe Cristian, quien en realidad es un porteño afincado en Mendoza–. Lo que pasa es que hubo una prohibición. No se podía vender alcohol, la policía se encargó de sacarle todo a los pibes. –Ante mi cara de desilusión, probablemente, el conserje continúa–: Sí, porque el año pasado hubo un quilombo tremendo, violaciones, de todo. Los pibes se van a unos parques que están como a 30 kilómetros de la ciudad a hacer el picnic y ahí pasa de todo. Por eso este año hubo restricciones. Salió bien, los de gendarmería agarraron sólo a unos loquitos con cajas de botellas y cigarrillos y se las quitaron.

Qué tristeza, entonces, pienso. El mundo está roto nomás, no hay forma de salir de esta tragedia sin algún nuevo Mesías que venga a poner un poco de sentido común en la humanidad.


Minutos después, camino junto a Mariano Abad rumbo al Auditorio Ángel Bustelo, donde se lleva a cabo el Festival de Publicidad del Interior. No muy seguros de la dirección a la que nos dirigimos, nos confiamos a nuestra buena suerte y atravesamos las preciosas calles bordeadas de acequias y árboles. Sólo son nueve cuadras, dicen, así que la fe nos lleva pronto a destino. ¡Y qué destino! El auditorio es inmenso y moderno. Subimos las escalinatas y nos encontramos con Osvaldo Palena.

–¿Te gusta? –me pregunta, señalando la enorme sala con butacas y una pantalla colosal que, en este momento, pasa animaciones con el logotipo amarillo del FePI. Sobre el escenario, una estatuilla gigante del premio Inodoro Pereyra reluce como si fuera de oro. El Negro, el gran Negro, cedió a su mítico gaucho y al perro más avispao para que representen al FePI. Que lo parió, diría el Mendieta, y con razón.

–Los mendocinos tienen que estar orgullosos de tener este lugar, qué bárbaro.

En el salón, afuera de la sala de conferencias, se arremolinan decenas de estudiantes y curiosos. Los trabajos que compiten por el premio están expuestos en paneles. Hay mesas con folletería, libros, y una fila de personas acreditándose.

–A ver las mendocinas, posen que les saco una foto.

 

El FePI comienza media hora más tarde con una mesa redonda formada por directivos de instituciones educativas relacionadas con las carreras publicitarias, invitados de agencias–ahí estaba Mariano– y estudiantes de varias universidades. Dirige la charla uno de los directores del Festival, Omar Di Nardo. Comienza preguntando a los estudiantes qué tienen para decirle a sus decanos y rectores. Sentado entre los espectadores, intento controlar mi correo y hacer algún tweet, pero el Wi-Fi del Auditorio no funciona, o yo no funciono.


En la mesa se habla de las mismas cosas que pasan en todas las instituciones educativas. De la dificultad de encontrar docentes que, además de saber enseñar, trabajen –en este caso– en agencias de publicidad y, por tanto, estén en condiciones de trasladar a los alumnos la actividad como ocurre en la vida real. De la falta de interés de muchos alumnos, que ni siquiera asistieron al FePI, a donde podrían ver a las más grandes personalidades de la profesión que están estudiando, una oportunidad única. Algunos chicos se quejan de que sus facultades les ponen falta por asistir al FePI, algo inconcebible. Por otro lado, se explica que la falta es un problema administrativo que se resuelve en tiempos de recuperatorio, que la falta de asistencia tiene que ver, en todo caso, con la falta de pasión por la publicidad. La pasión lo es todo, afirma Omar. Si no tenés pasión por lo que hacés, no te sirve.


Una hora y media más tarde, subo al escenario tras bambalinas, mientras Osvaldo me presenta ante la concurrencia. Es mi turno. Los operadores ya tienen mi presentación lista para arrancar en pantalla. Lo primero que hago, sin embargo, es abrazarme al Inodoro Pereyra para la foto. Estoy muy contento, muy agradecido de estar ahí.

Tomo un micrófono de la mesa, que ha quedado vacía tras la charla de inauguración. Lindo bicho. Negro y plata, pesadito. Inalámbrico. Nunca había agarrado uno de esos. Osvaldo, ya algo cansado, sigue recitando mi currículum. Qué grosso este mic, me digo.

–¡Ahora sí, con ustedes, el hombre de los tiros! –termina Osvaldo.

Qué bárbaro el micrófono. Me siento una estrella. Me siento Sandro. Britney Spears. Entonces se me ocurre que lo tengo que probar, y que voy a decir: “buenos días, me siento honrado de estar en el FePI” o algo así. Blah. Pero, ¿cómo voy a perderme la oportunidad? Seguro retumba como en la tele. Má sí. Soy un pastor del Fichín. Un evangelizador. No puedo evitarlo. Allá voy.

–Queridos hermanos.


 

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