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Los 42K de la Ciudad de Buenos Aires

Nunca entendí por qué el hombre se somete voluntariamente a una actividad tan desgastante mental y físicamente, como es una maratón. Hasta ahora.

Hoy a las 7:30 de la mañana se largaron los 42 km de la Ciudad de Buenos Aires. Casi igual que la anterior carrera organizada en la Capital Federal, los 21K, decidí anotarme a último momento. Antes tuve que colarme, ahora por suerte alcanzó el cupo.

Ya había participado en competencias de calle, pero una maratón estaba lejos de mi sueños realizables. Es más, me parecía una carrera sólo para una elite, alcanzable sólo para semi-dioses, o para ultra-deportistas.

El chiste de Semana 52 fue, desde un principio, llevar el entrenamiento más allá, mejorar mis aptitudes físicas (y, por qué no, espirituales). Pero así y todo, correr 42 km me parecía muy lejano.

Hoy corrí la maratón, y no creo exagerar si digo que es una de las experiencias más trascendentales de mi vida. Rompí todas mis marcas de resistencia, corrí una distancia que nunca había alcanzado, y conquisté muchos miedos que tenía. Ya pasaron 5 horas desde que la terminé y me siento muy bien, mucho más entero de lo que esperaba. Ni siquiera toqué ese muro al que le tenía pánico. Esto, obviamente, se debe a que ya venía corriendo desde hace bastante tiempo, al excelente entrenamiento de Germán, de Puma Runners, quien ajustó los ejercicios para optimizar el esfuerzo, y a que Romina, mi nutricionista, me dio los consejos exactos para almacenar y reponer toda la energía posible.

Pero esta aventura tiene un autor intelectual, y es Walter, alias “Yayo”, quien me incentivó a correr esta maratón, dejándome en claro que me tenía mucha fe. Correr solo o acompañado es una diferencia abismal: la motivación es otra y la actitud es mucho más positiva. Con Yayo nos acompañamos 35 km hasta que tuvimos que separarnos, pero se hicieron mucho más fáciles. Lo más gracioso es que empezamos a un muy buen ritmo, casi 4:30 minutos el kilómetro. En un punto nos dimos cuenta que íbamos a esa velocidad porque él creía que me estaba siguiendo el paso, y yo pensaba que lo estaba siguiendo a él. Luego nos acomodamos en 5:15, y entre las paradas para hidratarnos, toilettes improvisados y el obvio cansancio, crucé la meta a las 4 horas 8 minutos, y Yayo llegó en 4 y 16.

qué cosa tan extraña es la mente humana. Cuando corrí la media maratón, los últimos 3 km fueron eternos, con mucha fuerza de voluntad. Y cuando hoy cruzábamos el km 18, me sentía que recién estaba empezando. Es más, llegamos a la mitad de la maratón casi en el mismo tiempo en que hice los 21 km de la Ciudad de Buenos Aires. El cansancio tiene mucho que ver con lo físico, pero en gran medida es mental. Recién sentí signos de agotamiento en el km 30, pero porque sabía que tenía que completar 42 para llegar.

Gracias a que conté con una cámara que me prestó mi amiga Lau, pude capturar algunas imágenes de la carrera. Correr atravesando la Ciudad, uniendo la cancha de River con la de Boca (ida y vuelta) es una experiencia maravillosa.Las fotos no le van a hacer justicia a lo que es vivirlo ahí dentro.

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