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Un Viejo en el Parque de la Costa

 

Vino un amigo de Salta, con su esposa y su hijo de nueve años, que tiene la misma edad que el mío. Porque cuando sos amigo del alma, pareciera que los períodos clave de tu vida van en paralelo, te pasan las mismas cosas. Con el “Viejo” no nos vemos más que una o dos veces por lustro, pero siempre conservamos un gran afecto.

El Viejo se queda pocos días en Buenos Aires. Por eso decidimos ir al Parque de la Costa para que la familia conociera el mayor centro de diversiones de la Argentina y uno de los más importantes de Sudamérica. Son catorce hectáreas ubicadas en la ciudad del Tigre, famosa por su delta y sus sabrosos restaurantes.

Antes de salir, temprano en la mañana, miro en la web para saber cómo llegar. Parte del paseo consiste en ir en el Tren de la Costa, recorriendo algunas de las zonas residenciales más bonitas de Buenos Aires. La web del Parque de la Costa es la cosa más espantosa que se puede ver actualmente en la red. Cualquier blog hecho a las piñas es más profesional y útil que el sitio oficial. Qué cosa horrible. “¡En Octubre mamá entra gratis!” explica un cartel rosado terrible. La explicación que estoy buscando, cómo llegar, está en “Contacto” (?). Una pesadilla. “Desde Retiro: Línea TBA Ramal Mitre hasta la Estación Mitre de TBA combinando con Tren de la Costa en Estación Maipú (Olivos) hasta Estación Delta – Tren de la Costa.” ¡Oscuro!

El viaje transcurre sin problemas, de todas formas. El pasaje del TBA Ramal Mitre es barato (algo así como $1.80 ida y vuelta) y la Estación Mitre es, muhaha, la terminal. Llegás en 20 minutos y es imposible perderse. De ahí vas por dentro de una galería / estructura y sin salir a la calle terminás en un espacio estilo shopping para turistas desde donde parte el bendito Tren de la Costa. En la ventanilla, antes de comprar los boletos, me entero que si presento mi DNI para comprobar que soy argentino, el boleto me cuesta $8 en lugar de los $16 que paga un turista… ¿Y eso qué catzo es? Si fuese un turista estaría molestísimo con los argentinos, pienso.

El Tren de la Costa ya no es como lo recuerdo. Está viejo, y en vez de sus colores característicos, es un mejunje de grafitis y quemaduras (o pintura negra, no sé qué es). El recorrido es pintoresco, como está prometido, aunque vamos apretujados como sardinas en lata y en cada estación suben más pasajeros. El viaje dura apenas 20 minutos.

 

Dentro del parque, por suerte, hay “poca” gente. Eso significa que vas a estar entre 15 y 20 minutos para subirte a cada juego en lugar de 40 o 50. Los juegos están muy bien, funcionan sin quejas y con los rostros amargados de los empleados, que deben estar hartos de ver lo mismo día tras día. De todos modos, es un lindo laburo en comparación a otros porque al menos la mayoría de los visitantes está feliz. ¿Alguna vez atendiste una farmacia, por ejemplo?

Uno lo pasa muy bien en el Parque de la Costa. Hay un montón de cosas que hacer para todas las edades. Tengo que ver el show de un elfo gay llamado “Peter Pan” para que mi hija no me odie por el resto de su vida. Vamos al Reino de Nunca Jamás, un edificio que mira hacia la fuente central. Fila de 20 minutos, show de 15 minutos con excelente puesta en escena, colorido, sorprendente (hmm, sí, me gustó eso de Peter Pan colgado de un cable peleando a los espadazos con el Capitán Garfio, justo encima de mi cabezota) y amenizado por una vendedora de caramelos que tenía dos mágicos pechos. Salgo muy feliz yo también y mi hija me dice mi merecido “papá, te quiero”.

Las montañas rusas son chiquitas pero cumplidoras. Me subo a una sola con el Viejo. Dura un minuto nomás, pero te hace ver toda tu vida mientras el mundo gira a tu alrededor. Como me subo adelante de la formación, aprovecho para grabar con la cámara de fotos lo que es tal vez el minuto final de Dan. Pero bueno, aquí estoy, ¿ven?

 

¿Lo mejor del parque? Todo está muy bonito. No es excesivamente caro: cuesta $40 para usar todas las veces que quieras la mayoría de los juegos. Por $60 se incluye además las montañas rusas y otros juegos del estilo, sólo para valientes. Por $100 te dan un pase para todo el año, que debe ser como tener el DNI para los vecinos del Tigre. Y por $6, si te anotás antes de rajarte, podés volver durante el mes. Se podría decir, eso sí, que hay una cierta desinformación a la hora de elegir los juegos. Me gustó un empleado de uno de los juegos que fue hiper estricto y no dejó a mi hijo de 1,41 cm entrar a un juego cuyo límite de altura era de 1,40 cm. A mi hijo no le gustó, claro, pero el tipo fue responsable.

¿Lo peor del parque? Alimentos y bebidas no respetan ninguna lógica. Como naturalmente está prohibido meter morfi al parque, la gente encanuta comida en sus mochilas para no sufrir los maquiavélicos precios. De todas maneras, todavía peor, mucho peor, muchísimo peor, es la locutora que anuncia los horarios y precios de los shows por los altoparlantes. Tiene una voz tan sobreactuada que da verguenza ajena. Yo la hubiera despedido de inmediato. La hubiera obligado a tirarse de la atracción más dura, Vértigo Extremo (esa en la que te atan como un matambre y te tiran en caída libre desde un kilómetro de altura) pero sin cable.

El cierre del Parque, a las 19:30, es muy lindo. Mientras descanso las patas, que a esa altura del día humean, el show de las Aguas Danzantes al ritmo de Queen emociona y pone pilas. Agua, luz, color y buena música, coronada por una explosión de fuegos de artificio. 

 

 

 

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