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Barreda

 


Esto lo escribí en un blog, hace mucho, cuando se me ocurrió descargar mi agujereada memoria, que por entonces se perdía (y ahora también, bah). Como Barreda está de moda, me pareció interesante publicarlo como un acto de auto reflexión.


Barreda 1

En el año de Gracia de Nuestro Señor de 1991, caminar por la oscuridad de la calle cuarenta y ocho era temible. Los árboles se inclinaban sobre el asfalto para ocultar las lámparas, y las pocas luces restantes provenían de las avisos de neón que chisporroteaban en las paredes. En pleno invierno tampoco pueden verse a muchos fuera de las casas y edificios. La Plata es como un animal diurno y, como tal, al caer la noche se agazapa hasta el alba, duerme bajo el cielo de fuego de la destilería o entre las diminutas estrellas del sur. 

Llegué resoplando un vapor blanco, tiritando y con las manos en los bolsillos del saco. El doctor, en un gesto valioso para mí, me atendía fuera de horario cuando yo salía de trabajar. Eran mis dientes los más beneficiados, decía mi vieja. Toqué el timbre del garage, y debí esperar un minuto de hielo hasta que el doctor Barreda me abrió la puerta. El viejo asomó la cabeza y sus ojos sonrieron detrás de los anteojos. 

-Pasá, pasá -me dijo, expandiendo la abertura-. Tu mamá ya está adentro. 

Atravesábamos el garage donde siempre había una sombra de hierro, plantas de hojas grandes y un olor a aceite mezclado con sabia. Era una breve oscuridad, luego subíamos dos peldaños y entrábamos a la brillante sala de espera del consultorio. Cuando empujábamos la puerta la negrura del garage se rompía en mitades, y entonces supongo que habría podido volverme y mirar sobre los hombros, descubrir el secreto vano que albergaba el lugar; pero por algún motivo nunca lo hice. Después, cuando terminaba la consulta y volvíamos a transitar el garage rumbo a la vereda, mis ojos jamás se habituaban a la penumbra con la suficiente rapidez, y así el secreto permanecía a salvo. 

 

Barreda 2

El consultorio era antiguo, amplio. El aire tenía el acostumbrado aroma a canela, fuerte, y estaba impregnado de Mozart. En el centro de la sala se alzaba la máquina y el sillón, el cuello largo como el de un braquiosaurio con ojos de luz ámbar. Miré el horrible escupidero y el instrumental desgastado, añejo, pero impecable. Mi vieja estaba recostada en el sillón, con un gancho de metal hundido en la boca. Me saludó con los ojos, y vi al mismo tiempo el mensaje, una broma: me está por sacar una muela que no es, estaba diciendo. Sonriente, busqué un lugar para sentarme y ver cómo el doctor daba vueltas alrededor del sillón, hurgando con su torno, sus espejitos, sus horribles pinzas de acero. 

-Qué buen pibe parece su muchacho -dijo Barreda, serio, con la frente surcada de arrugas formadas por los años de profesión-. En La Plata ya no se ven muchachos así, esta juventud no tiene respeto por nada, ni siquiera saben saludar. 

-Ugh -contestó mi vieja-. Pfsssgaclos chicos def hoigg… Así son. A Dios grafiaz… 

-¿Sabe lo que me hubiera gustado tener un hijo varón? Porque mis hijas… ¡si le contara, mire! 

Hablábamos del gobierno, del Presidente, de los espantos de la política. Barreda era un hombre culto, que gustaba del arte y de la música. Congeniaba con el radicalismo y hablaba a menudo de la libertad de espíritu. Esa vez, cuando mi vieja lo interrogó sobre sus hijas, el doctor se encogió de hombros y no dijo nada. 

-Pero me hubiera gustado tener un hijo como el suyo, sabe. Me hubiera gustado… 

Después me tocó a mí ocupar el sillón, pero ya no volvimos a tocar ese tema. El doctor Barreda estaba sumido en quién sabe qué pensamientos. Hoy me estremezco al recordarlo. Quizás estaba decidiendo en ese mismo instante darles muerte, tal vez en esos minutos su mente se desbarrancaba. Barreda era inteligente, sin embargo. Pero eso no significaba nada entonces.

 

Barreda 3

Abandonamos el consultorio blanco, sintiendo la cara hinchada y el frío que menguaba los efectos de la anestesia. Barreda se quitó el guardapolvo y, ordenadamente, lo colgó en un perchero. Había empezado a hablar nuevamente, esta vez de caza y de pesca, sus otras pasiones.

-Pueden pagarme cuando puedan -nos dijo, comprensivo-. Cuando terminemos el tratamiento.

En la oscuridad del garage tropezamos con dos sombras, muy cerca una de otra.

-¿Hija? -preguntó Barreda, dubitativo, luego aseveró: -Son ustedes. ¿Cómo están?

No recibió contestación. Pasamos al lado de la pareja. Eran la hija menor, una mujer de cabello rubio, de unos veintitrés años, y su novio. Estaban abrazados en la penumbra, cerca del portón. Yo dije “buenas noches” y salí. Tampoco me respondieron.

Nos despedimos y, al alejarnos hacia la esquina, me volví por última vez. El viejo cerraba la puerta, en silencio. Un día de 1992 el doctor Barreda asesinó a su suegra, su esposa y sus dos hijas, utilizando la escopeta que tenía preparada desde siempre bajo una escalera, en el garage, para defenderse de los ladrones y para cazar. Declaró ante la justicia que se había liberado, que eran ellas o él, y que si las condiciones que lo habían llevado al límite se repitieran, volvería a hacerlo. No parecía un demente, pero tampoco se parecía a ese doctor Barreda, íntegro, brillante, que conocí.

No podía creer que el pobre viejo hubiera hecho eso. Me negaba a creerlo, y me niego aún hoy, cuando se trata de decidir si en el curso del homicidio estuvo momentáneamente loco o se trata de un plan cuidadoso, limpio, casi perfecto. El dolor y la pena de Barreda de repente se hacían carne en mí.

Por fin, en este invierno de 1995 la casualidad me llevó a transitar por la calle cuarenta y ocho, tres años después, sintiendo el mismo frío que esa noche. Me detuve ante el portón verde del garage, casi sorprendido por ese acto inútil. El tiempo todo lo cubre en un manto de hojas secas, todo lo borra y diluye. La pintura está saltándose, revelando una superficie cubierta de óxido, los vidrios están sucios y el garage se cubre lentamente de polvo, hojarasca y la correspondencia que nadie abre. Y aún es posible distinguir las letras del chistoso de turno, del que está ajeno al sufrimiento. El graffitti atraviesa parte de la pared y continúa sobre el portón, como un tajo sin sangre: Aquí vive el odontólogo Barreda. Hago precio por emplomadura.

 

 

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