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El mejor cumpleaños

¿Alguna vez vieron la luna llena, así de frente, blanco y gris, ascendiendo en la noche? ¿Puede haber algo más fascinante que percibir la forma esférica de la luna, aunque no sea visible? ¿El movimiento de los astros alrededor, en el universo entero?

El 19 de julio logré mi level 44. ¡Después de muchos años, realmente! Cuando era adolescente, solía pasarme horas dibujando en mi habitación, allá en Salta. Vivía en la Ciudad del Milagro, un barrio a unos 8 kilómetros de la capital salteña. Era fana de las antiguas revistas: Zona 84, Metal Hurlant, la querida Fierro. Y también de aquellas bellezas como Intervalo, El Tony, y tantas otras. Me compraba Patoruzú y Patoruzito, Las aventuras de Isidoro, Piturro y Piturrito. Era un universo inmenso, repleto de historias en blanco y negro y color; repleto de vida nueva. Y yo dibujaba tardes y mañanas, atronando el barrio con Judas Priest, Pink Floyd, AC/DC, Vangelis. Mis amigos trepaban por mi ventana para verme. Ir al colegio me resultaba una molestia porque me restaba tiempo. Me gustaba reproducir páginas completas de Moebius, sobre todo. Compraba láminas, imitaba a lápiz los trazos maestros, entintaba con pluma y Rotring y le daba color también con lápiz. Mis paredes eran una locura.

También escribía. En un momento se me pasó lo de dibujar y comencé a tejer mis propias historias. Mi primer cuento, “Trayecto entre dos mundos”, todavía está por ahí, en una caja, escrito con birome en un montón de hojitas de libreta. No quise nunca volver a leer esa historia, me da miedito encontrarme con algo demasiado horrible, o demasiado tonto. Pero quizás sea tiempo de releerla, y de volver a encontrarme con aquel lejano, lejanísimo Dan. Ese mismo que surcaba las callecitas del barrio a alta velocidad en bici junto a su mejor amigo, pero luego regresaba corriendo a leer.

Escribiendo, conocí a Axxón, con los maravillosos Eduardo Carletti y otros grandes, pero grandes en serio, de la fantasía y la ciencia-ficción. Axxón fue pionera en la edición electrónica. Una revista que venía con mucho contenido, en diskette, en épocas donde apenas comenzaba a llegar Internet, cuando cada cosa que conseguías era preciosa, tenía un valor simplemente gigantesco para gente como yo. El aporte de Axxón a la vida de todos nosotros fue y es incalculable.

Y tanto joder, alguna vez lo conté, un día Axxón 35 llegó con una novela de Isaac Asimov y un cuento mío, “Los perros”. No habrá habido mayor emoción que esa, creo; me sentí tan feliz, tan brutalmente feliz, que mi cabeza cambió en ese momento. Fue en esos quince segundos, en los que no podía concebir la realidad de lo que veía brillando en la pantalla, que decidí dedicarme a escribir. Hacerme un lugarcito entre todos esos gigantes. Tuve que tomar una decisión, sacrificar mis lápices y tintas; dejé de dibujar aunque lo hacía, creo yo, muy bien. Y me propuse escribir, sabiendo, o mejor dicho temiendo, que sería pobre toda mi vida, porque no había forma de vivir de lo que me gustaba. 

Luego vinieron años de vivir nomás. En el medio me mudé a La Plata, con 20 años. Y 20 años más tarde, me mudé a Buenos Aires, la ciudad. En todo ese tiempo, no sé bien cómo, me las apañé para comer de lo que escribo y hago. Gracias a Xtreme PC, y a los fichines, pude reunir mis dos adicciones, leer y dibujar. Quiero decir, la reunión entre lo gráfico y las historias. Tanto un videojuego como una revista tienen un lenguaje único, especial, que puede transmitir mensajes directos e indirectos al corazón de quienes juegan, leen, o ven. Pero todo se vuelve mecánico en la vida. Uno avanza, perdiendo y ganando. Mi razón de ser ahora son mis hijos, a quienes les trasmito todo lo que aprendí en esos comics y libros: a ser buenas personas, a ser solidarios, valientes, a no adorar el dinero sino el alma de las cosas. Sólo que me iba olvidando, sin duda, de qué soy por dentro. Luego pasó algo nuevo: comencé a enseñar. 

Cuando era chico, allá en Salta, tenía miedo. Me gustaban tanto los dibujitos animados como Robotech, que me lamentaba de que al crecer aquello dejara de gustarme o no fuera correcto seguir mirándolos. Mi mundo se iría a desmoronar, convirtiéndome en un oficinista, o algo así. ¡Por suerte, estaba equivocado, muhahaha!

Hoy, con 44 años, me sigue gustando todo aquello, y me va a gustar lo que viene luego. Se fue el miedo. Asumo que pueda parecer miope, inmaduro para algunas personas. ¡Pero qué me importa!

Ahora estoy de nuevo, gracias a varios micos, haciendo lo que me gusta hacer, revistas. Pero no había sentido tanta emoción como ayer, cuando mis estudiantes de Game Design me sorprendieron regalándome dos preciosos y enormes novelas gráficas. ¡Y un póster de World of Warcraft: Cataclysm! Creo ahora que no agradecí lo suficiente. Como que no caí hasta después de la medianoche, cuando los recuerdos de esa habitación, allá lejos en el tiempo, volvieron sobre mí. De esa luna llena que salió una noche, subiendo entre dos pinos que agitaba el viento, cuando, mirándola de frente, me pregunté si estaría vivo dentro de 30 años.

Bueno, llegué.

¡Y tengo que decir que, en estos últimos tiempos, este debe ser mi mejor cumpleaños! Puede sonar exagerado, pero es que no son sólo dos comics y un póster, sino un reencuentro, la sensación de volver a ser yo otra vez después de muchas cosas fuleras que atravesé en la segunda mitad de esos 44. Así que siempre voy a estar agradecido, más de lo que, debido a la sorpresa, pude expresar en ese momento. Creo que digo las cosas mejor por escrito. Si están leyendo esto, muchas gracias, no tienen una idea exacta de lo que esto significa para mí. De todas maneras, con regalos y todo, tampoco los voy a aprobar.

 

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