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El sueño del pescador

 

Verdad son los sueños mientras duran pero, ¿qué es vivir sin soñar?

Alfred Tennysson

1.

PODRÍA JURAR QUE ALGUIEN HABÍA MORDIDO EL ANZUELO. Algún ejemplar grande, veloz, huidizo. Pero fue en vano tirar y tirar con toda su fuerza, nada lo esperaba en el otro extremo de su caña de pescar. No podía recordar con exactitud cuanto tiempo llevaba en aquella barcaza: quizás horas, minutos, quizás siglos. Bajo la inexistente sombra de un sol sin misericordia, se acordó de ella por primera vez en mucho tiempo. El deseo más profundo que lo invadía en ese momento era tenerla a su lado, rizándose el pelo con el dedo índice, riendo de la mala fortuna de su amado pescador.

Sin más remedio que extrañarla, posó su mirada en el río y ya nunca la quitó de allí. Unos minutos bastaron para que, lentamente, comenzara a quedarse dormido.

Cuando logró abrir sus ojos nuevamente, vio a su alrededor con la mirada de un niño de 13 años. El mundo era un poco más gigantesco, su vitalidad brotaba a caudales. Pequeñas cañas de pescar en llamas decoraban una torta de cumpleaños olvidada en una vieja mesa de nogal, mientras él retrocedía unos pasos hacia aquel abismo y caía. En su descenso pudo ver un cielo vainilla, y grandes peces nadando en aquel firmamento. ¿Habrá aeroplanos volando en el mar?

Para no seguir cayendo, se tomó de una de las grandes columnas. Debajo de sus pies supo ver un receptáculo inmenso, cargado hasta la mitad de una sustancia de color morado. Todo era muy extraño, pero él sabía que ese era su destino. Observó nuevamente el cielo, y con pánico contempló descender una gigantesca garra, artificial, inhumana: Estaba a instantes de ser capturado. Comprendiendo su inexistencia, decidió soltarse.

La garra parecía lamentarse. En su caída, rozó una extraña estructura que se erguía como una torre maciza. A simple vista, supo que era la materialización de un triunfo y quiso sostenerse de ella, pero sus débiles brazos humanos no fueron suficientes. Mientras se despedía de aquel universo, de su pasado y de su futuro, el rostro de ella comenzó a invadir sus pensamientos, hasta que todo su ser se volvió un recuerdo, y se esfumó con el eter de un nuevo día.

[CATHERINE CRUCEX]

 

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