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Un hombre de ciencias

Un hombre de ciencias 

La vida es la farsa que todos debemos representar.

Arthur Rimbaud
 

 

1.

CON EXTREMO CUIDADO, el pequeño hombrecito retira las tijeras cubiertas del líquido espeso, que a esa hora parece negro. Estremecido, deja el instrumento en la bandeja de aluminio. La morgue es amplia y fría, le hiela los huesos.

Sobre la mesa, el cadáver yace con el tórax abierto. La carne se ha ennegrecido, aunque el rostro logró salvarse del fuego. “Pobre infeliz”, piensa el hombrecillo, pero no puede evitar una sonrisa. Suspirando, mira hacia la única ventana. La luna amarillenta asoma entre jirones oscuros. Es tarde y está cansado. El viejo reloj de pared, sobre la estantería del fondo, señala las 12:37.

Siempre las 12:37. La hora en que volvió a nacer. El instante en que su vida escapó para siempre de un destino similar al del pobre despojo que yace en la mesa de trabajo.

Por simple costumbre, se pregunta qué hora podrá ser realmente. La noche parece avanzada. Debería regresar a casa y dormir un poco. Que no consiga ver la hora real en los relojes es un precio muy bajo por la vida eterna, se resigna, aunque no es bueno para el descanso. Años antes, no saber la hora exacta lo volvía loco. A cada rato preguntaba al primero que veía, hasta que un día se dio por vencido. Si no fuera tan obsesivo con su trabajo en la morgue… Podría haber sido apenas eso, y no lo otro, recuerda. Aquello era el precio alto.

–Sólo un sacrificio –le había dicho el Librero–, para que el tiempo se olvide de vos.

Mientras muda el delantal, la luna se cubre totalmente y el aire cobra un nuevo espesor. Un resplandor blanco enciende la habitación. No tardan en oírse los primeros truenos. El hombrecillo se da prisa en colocarse el piloto, toma un viejo paraguas del perchero y mira la puerta. Pero no puede evitar volverse otra vez hacia el rincón. Dubitativo, se demora apoyado en el paraguas. Luego camina hacia la estantería, donde están sus objetos más preciados. Posa la vista en el marco de plata. Ella sonríe desde la foto, su amor, congelada en el pasado, eterna a su manera. Gladys. El viejo besa el frío del vidrio. Más atrás, el pequeño cubo metálico brilla con el nuevo relámpago. Lo toma con cuidado, como acariciándolo. Bajo el tercer estallido blanco, levanta la tapa y mira dentro. El ojo le devuelve la mirada. Puede ver cómo la pupila se dilata con la luz. El golpeteo de la lluvia obliga al hombrecillo a cerrar la caja y colocarla en su lugar.

–Te aseguro que estás mejor aquí, conmigo –murmura como para sí, aunque se lo dice al extravagante tesoro.

Se apresura hacia la puerta.

 

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