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MADiSON: terror argentino que ensucia fuerte la ropa interior

En el multiverso del hijo loco

Aun cuando promedia el año, entre lo ya lanzado y por lanzar, 2022 está cargado de estrenos nacionales. Lo cual es para celebrar: no solo vemos cantidad, sino también calidad. Ahora bien, en lo personal, me gustaría levantar una segunda copita de champucito por MADiSON, un título que destaca fuerte (como videojuego y como laxante de acción instantánea). ¿Los motivos? Les cuento.

Para comenzar, no puedo dejar pasar un detalle nada menor. Bloodious Games, el estudio desarrollador de MADiSON, está compuesto por dos personas. Para que podamos hacernos una idea de esta epopeya, en el desarrollo de Layers of Fear —quizás la comparación más cercana— intervinieron más de veinte. ¿Tiene mucho que envidiarle? Sí, un montón. Es decir, Layers of Fear tiene un motón que envidiarle a MADiSON. Dicho sea de paso, no quiero traer a P.T. a la comparación… pero estoy tentado.

Comentario aparte, es increíble que aquella demo de Kojima siga siendo referente en el género. ¡Qué cagadón, Konami, eh!

Ahora bien, ¿por qué se destaca entre los lanzamientos de este año? “La respuesta es fácil”, diría Walas de Massacre: es de lo mejor del género. Y no acoto a “industria nacional”, sino que sale a pararse de manos internacionalmente. Alexis Di Stefano, cabeza de Bloodious Games y director de MADiSON, toma todas las decisiones correctas para hacer uno de los mejores juegos de terror que he padecido disfrutado.

Las cámaras las carga el diablo (y los adolescentes las disparan)

Partamos de una base: regalar a tu hijo adolescente una Polaroid de segunda mano no está mal. Pero si la cámara estuvo involucrada en un crimen con extrema violencia y con ribetes satánicos… dale, flaco. Si querías hacerte el “padre cool”, le hubieras comprado un disco de Marilyn Manson.

Tal como pueden imaginar, la cosa termina muy mal. ¿Qué otra cosa se puede esperar al tener contacto con un objeto poseído? Para colmos, apenas iniciar el juego hay indicios de que ya ocurrió una tragedia, de la cual no tenemos idea. Esto es porque, para rematarla, nuestro personaje tiene una amnesia endiablada. Literal.

Así, los primeros segundos están cargados de una sensación de drama y confusión, pero el terror no tarda en aparecer. Lo hace de manera muy elegante y sutil, erosionando poco a poco nuestra templanza con detalles macabros y tétricos. Algunos soportarán tres situaciones de estrés, otros quizá más. Pero, tarde o temprano, a todos se nos resquebraja la valentía y se desmorona. Es decir, a los veinte minutos de juego, no mucho más.

En este punto, no queremos otra cosa más que escapar de la opresiva casa familiar (y mudarnos a una casaquinta, con parque y piletonga). “¡Que el quilombo lo resuelva otro, yo ya me ensucié la ropa interior!”. Pero no, no hay salida: estamos encerrados, a merced de terroríficos caprichos sobrenaturales. ¿Qué es lo que quiere este demonio que nos poseyó a través de la cámara? Este es el viaje en MADiSON, desentrañar lentamente la historia, contada a través de nuestro protagonista, diarios personales, recortes periodísticos, alucinaciones y manipulación del espaciotiempo

Así es, leíste bien Esteban Extraño, este demonio no se priva de nada y te hace la competencia. De hecho, ¿hay en esto una pista encerrada en ello, que evidencia su permanencia a través de las décadas? ¿Es también responsable de la muerte de nuestra abuela? ¿Qué relación tiene la asesina serial Madison Hale, anterior dueña de la cámara? Y, lo más urgente, ¿dónde está el resto de nuestra familia?

En esta casa no hay WD40

No cabe duda de que este es un juego elegante, sobrio… uno que podríamos llevar a una cena familiar y presentarlo a nuestros padres (claro, está el riesgo de infartarlos). Usa muy poco el gore, no hay monstruosidades correteándonos incansablemente y hay una preocupación notoria por el “diseño del susto”. Relojes que se mueven solos, estatuas con ganas de pasear, figuras tenebrosas que nos espían y muchísimo más. Genera una constante e infernal tensión, aun cuando casi no hay eventos que requieran reflejos de acero. Para que se hagan una idea, mi estadística de puteadas cerró en 2.33 maldiciones u obscenidades fuertes por minuto.

Claro que también están los clásicos crujidos de madera, puertas que se cierran, truenos, etc. Quizá lo único criticable es este último grupo de efectos: pasadas un par de horas, notamos cierto abuso. Es decir, la repetición de sonidos sin consecuencia alguna. De esta forma, nuestro cerebro se acostumbra y termina interpretándolos como inofensivos. “Sí, sí… crují el piso de madera. ¡Qué groso que sos, demonio! Contale a Lucifer para que te dé una medalla, bobo”.

¡Saquemos una foto ‘pal Insta!

En MADiSON, la castigada Polaroid es figura central: tomar una foto es una suerte de reactivo para que lo sobrenatural detone. De esta forma, no solo es la llave para progresar en el juego, sino que también se convierte en una pieza activa en muchos puzzles.

¡Y qué puzzles! Con la dificultad justa, al resolverlos sentimos que hemos superado un desafío importante. Esto es porque el juego, si bien nos acompaña, no nos lleva de la mano. De hecho, es común dar algunas vueltas, tratando de descifrar que hacer a continuación. Sí, esto ocurre, como también unos cuantos backtrakings. Pero, lejos de ser frustrante, esta suerte de incertidumbre se disfruta y se vuelve parte de la esencia del juego.

En definitiva, MADiSON no es sólo uno de los mejores juegos de industria nacional, sino que es de lo mejor en el género de terror a nivel internacional. Si disfrutan de sentir estas emociones, lo recomiendo a rabiar (y también que se hagan ver por un profesional). Si el género les hace demasiado daño, por mucho que me pese les diría que sigan de largo. Perdonando mi latín: MADiSON es sinónimo de cagazo fuerte.

Así, cierro esta nota con retorcida esperanza: ojalá lleguen pronto más terrores nacidos de las retorcidas mentes en Bloodious Games. No puedo dejar de sentir envidia por la sorpresa que se llevará todo aquel que aún no lo haya jugado. Sí, la envidia es mala, pero estuve más de media docena de horas expuesto a fuerte actividad demoníaca… sepan disculpar. [i]


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